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Rectoria

 

 

P. Horacio Arago Arango, S.J.,
Rector

 

Paisa e ignaciano. Filósofo y teólogo es también politólogo de la Universidad Javeriana, con estudios en Ciencias Políticas en París. Ha trabajado en el Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP. Por más de 12 años, Director Ejecutivo del Programa por la Paz. Ha sido además Superior del Teologado, Asistente del Provincial para Área de Socio-Pastoral, miembro de la Comisión Nacional de Conciliación y Provincial de la Compañía de Jesús entre 1997 y 2003.
Con su nueva misión como Rector, continuará siendo el Director del Centro de Fe y Culturas de Medellín y coordinará el apostolado jesuita en la región antioqueña.




PALABRAS DEL PADRE HORACIO ARANGO A., S.J.,
EN LA POSESIÓN COMO RECTOR DEL COLEGIO SAN IGNACIO


Medellín, 16 de julio de 2009

Queridos amigos:

Es costumbre que cuando alguien va a ser ordenado presbítero o es llamado a recibir algún ministerio en la Iglesia, escoja una frase o un texto que exprese el significado que comporta para él la nueva responsabilidad que asume.  En mi caso particular recurrí en aquella ocasión a Pablo de Tarso cuando se dirige a los Corintios y los alerta frente a la tendencia de esa comunidad a ocultar o a banalizar la Cruz de Jesús, porque resultaba incómoda frente a la mentalidad judía de la época.  EL texto dice así:  

“Yo hermanos, cuando fui a ustedes no llegué con el prestigio de la palabra o de la sabiduría, a anunciarles el misterio de Dios, yo en cambio me presenté débil y temeroso y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de los hombres sabios, sino que fueron la manifestación del poder del espíritu para que ustedes creyeran no ya por la sabiduría de un hombre sino por el poder de Dios”. 1 Cor. 2. 1-5

Esta noche en la plena conciencia de lo que este texto significa, lo traigo nuevamente para que sea él el que les cuente la profundidad de lo que sucede en mi interior mientras ustedes amablemente escuchan mis palabras.  Con toda sinceridad les digo que esta nueva responsabilidad que me señala la Compañía de Jesús, ha sido una ocasión privilegiada para experimentar a plenitud, que el auténtico seguimiento de JESÚS no es una llamada a  imitarlo sino a abrirse como EL a la voluntad de Dios, a ir allá a donde Dios lo señale y no poner resistencia alguna a esa indicación.  En este último tiempo he experimentado en lo más hondo de mi mismo o allá en el espacio de silencio más recóndito que me habita, la constatación de que vivir sabiamente significa abrirse a la obediencia incondicional hasta sus últimas consecuencias.  Hoy descubro que JESÚS no nos salva por su cruz, sino por su fidelidad absoluta a la voluntad del Padre.  Esta es pues queridos hermanos jesuitas amigos y familiares aquí presentes, la manera como voy asimilando la nueva MISIÓN que me señala la Compañía de atender y liderar no solo los destinos de este mi querido Colegio sino la de continuar aprendiendo y acompañando los primeros pasos del Centro de Fe y Culturas, obra naciente en la ciudad,  surgida por la fuerza del Espíritu y además la de velar por la articulación de todas nuestras obras en la ciudad.

Esta es mi más auténtica verdad: yo no me presento ante ustedes esta noche con la elocuencia de un experto educador, ni de un sabio en pedagogía, cosa que quisiera, sino como un hombre creyente que aprendió de Ignacio y sus compañeros, lo que significa tomarse en serio y con radicalidad, el SENTIDO TRASCENDENTE que inspira toda vida humana.  Por eso, sobrecogido por la tarea que se me encomienda, con sencillez, me atrevo a presentarles algunos elementos que puedan servir de luces para el camino que ahora continuamos.

En primer lugar comienzo por hacer un reconocimiento explícito a la EXCELENTE labor realizada por Leonardo y todo el equipo de colaboradores, Jesuitas y laicos, y a toda la comunidad educativa Ignaciana. La gestión adelantada durante estos seis años le ha permitido al Colegio, un real posicionamiento en la ciudad y en el país.  A Leonardo, indiscutible líder y excelente capitán de este navío y a todos los miembros de su equipo, invito queridos amigos,  les demos un caluroso aplauso…!

Felicitaciones pues querido Leonardo, no solo por todo lo que han hecho, sino porque al hacerlo le pusieron el alma, le imprimieron la grandeza que significa cada uno de ustedes y nos dieron a todos el testimonio de una vida empeñada en hacer mejor la vida de los otros, de los niños y los jóvenes ignacianos, para que a su vez la vida de sus familiares y la de TODOS nosotros tuviera los perfiles de humanidad que juntos anhelamos.

Puedo decirles que durante estos días en un maravilloso empalme que preparó muy bien Leonardo, constaté el enorme trabajo realizado en equipo, de la mano con los padres de familia, los antiguos alumnos y con toda la comunidad educativa Ignaciana.  Encontré un Colegio abierto a las alianzas y programas con la alcaldía, las empresas y los centros educativos públicos de la ciudad, trabajando en sinergia con otras ofertas educativas de muy diversos acentos y con aquellos colegios inspirados en la espiritualidad Ignaciana.

Gracias a Leonardo y a este maravilloso equipo, a su dedicación y entrega, a su calidad y cualificación humana, a su talante ético y espiritual el Colegio San Ignacio es hoy un referente significativo en la ciudad.  Ustedes, Leonardo, jesuitas y laicos, padres de familia y antiguos alumnos, son artífices de esta gran gesta humana por la calidad de la educación que prueba “sobradamente” que esta integración, esta amalgama perfecta entre jesuitas y laicos es capaz de producir frutos duraderos cuando es animada por un propósito superior a todos sus protagonistas.  Lo que está en juego es la formación de los nuevos sujetos sociales para construir un proyecto humano de sociedad: Una vida mejor para todos en Colombia es la gran tarea.  Cuando se está comprometido a fondo en el logro de un propósito superior: en este caso, la educación integral con calidad de los niños y de los jóvenes comienza un proceso arduo y prolongado de reacomodo y transformación personal.  Por eso, por su honestidad y valentía, cuenten Leonardo y queridos amigos con mi eterna gratitud y admiración.  Esta es una experiencia maravillosa, descubrir y reconocer que mientras se opta por dedicar la vida en la formación de los otros, al mismo tiempo se está operando por la acción  del Espíritu una enorme transformación al interior de los propios agentes de la formación.  Todos ustedes directivas, docentes, padres de familia y demás personas involucradas en la formación  de los niños y los jóvenes de este Colegio, podrán al final de todo, reconocer que también ustedes mismos son los grandes beneficiarios de esta extraordinaria experiencia formativa.  Ustedes embarcados en esta tarea, hoy, ya no son los mismos de ayer.  Su actitud de apertura, su disposición para dejarse desacomodar, para permitir ser interpelados hasta el fondo por la realidad plural y diversa de estos jóvenes, es lo que me asegura que “me topé” con un excelente grupo humano, dispuesto a seguir las pistas del Espíritu y las voces del amor del Señor que nos invita a TODOS a la fidelidad total en el cumplimiento de su voluntad.  Por eso hoy con una profunda fe en ustedes y una enorme confianza en el Señor que nos ha llamado, respiro sereno y dispuesto a insertarme plenamente en esta comunidad educativa para que pongamos estos años que vienen  en sus manos con la conciencia de  que mientras nosotros nos empeñamos en dar lo mejor de nosotros mismos, será ÉL quien produzca los frutos y determine el tamaño de los logros que afanosamente buscamos.

Las siguientes reflexiones que les propongo tienen el sello y la inspiración del Padre Arrupe, antiguo General de la Compañía de Jesús.  Hombre grande a quien podríamos llamar místico y visionario de nuestro tiempo.

La Potencialidad Apostólica

Hoy puedo decirles que estoy convencido de la importancia que representa para cualquier sociedad la formación primaria y secundaria de sus miembros.  Es allí en donde se moldea el rostro de un  pueblo. Ella es uno de los campos más significativos de la actividad de la Compañía por su POTENCIALIDAD APOSTÓLICA.

Convencidos como estamos, de que la gran crisis de esta sociedad, no es solo económica, o política, o social, sino de índole espiritual y de sentido, el tema cultural, el de los VALORES y el de la búsqueda de lo TRASCENDENTE en la historia, debe ser un componente fundamental de todo este esfuerzo que queremos realizar.

Ello requiere de la transformación de las mentalidades.  Para esta tarea tenemos en el Colegio una gran ventaja: el acceso a la mente y al corazón de numerosos niños y jóvenes, ellos y ellas en un momento privilegiado, cuando van siendo capaces de una asimilación coherente y razonada de los valores humanos,  iluminados por la experiencia de Jesús.

En el Colegio nos encontramos con ellos cuando todavía no han adquirido rasgos difícilmente reformables y no ha hecho “callo” en ellos la resistencia al cambio.

El Padre Arrupe nos lo recuerda cuando en la Congregación
General 31 nos dice: “Es sobre todo en la segunda enseñanza
cuando se forma” sistemáticamente la mentalidad del joven y,
por consiguiente, es el momento en que él debe hacer la síntesis armónica entre fe y cultura moderna (C.G. 31, ____ 28.1)

Esta potencialidad apostólica es más fecunda cuando se construye en relación con las demás formas de presencia de la Compañía en una ciudad o en una región y, además, en alianzas con las demás fuerzas vivas del contexto en el cual se implanta nuestra actividad formativa. 
Este es el gran reto que nos ha propuesto Francisco de Roux, S.J., nuestro Provincial, y a ello queremos entregarle todas nuestras energías y toda nuestra capacidad para imaginar nuevos horizontes.  Unidas las obras de la Compañía bajo distintas formas y sinergias, en esta ciudad-región  y en alianzas con los demás sectores de la población,  convocando a “los validadores” de los distintos mundos culturales, creemos que podemos ser un factor pertinente de cambio y de transformación en este entorno antioqueño rocoso y montañoso que llevamos en el alma.

La labor que realizamos en nuestro Colegio es el fruto de un envío, de una misión

La finalidad de nuestra labor educativa en el mundo se ubica en el horizonte del llamado de Jesús… “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”  Lucas 16-15

Los que nos sentimos enviados a esta tarea, sabemos que ello exige de nosotros estar atentos a los signos de los tiempos que nos llegan permanentemente a través de nuestros niños y jóvenes.  Ello nos reclama todas las energías, toda la pasión y  toda la totalidad del ser.  Toda nuestra existencia está exigida y comprometida en el acto formador.  Es una tarea que no corresponde solo al docente, sino a cada padre de familia, a cada directivo, en definitiva a toda la comunidad educativa.  La totalidad de lo que somos debe estar inmersa en esta sublime y significativa tarea.  Cada uno de nosotros debe sentirse retado todos los días por la novedad que significa cada hijo, cada alumno, y ese desafío constante es lo que podemos asumir como MISIÓN salvadora en cuanto nos libera de nosotros mismos y nos abre a la comprensión del otro distinto.  Dado que el Colegio es un  instrumento para una misión de naturaleza tan concreta y, sin embargo -en cuanto referido a los valores- tan espiritual, es claro entonces que su sentido y propósito ha de estar impregnado de un profundo corte humanista y espiritual y cualquier desviación de esa misión, que desvirtúe su finalidad formativa y apostólica, reduciéndola solo a nuevos contenidos teóricos y/o pedagógicos o incluso catequéticos, lesiona gravemente el carácter fundamental de la misión y obviamente del mismo instrumento educativo.


El carácter universal de nuestra labor educadora

La historia de la fundación de la Compañía nos cuenta que desde muy temprano Ignacio y su grupo de compañeros se dispersaron y salieron de Roma hacia la India y otros lugares lejanos e inhóspitos.  Su espíritu no era el de “ghetto”, cerrado sino de apertura total al mundo, obviamente en aquellos tiempos no tan globalizado como el nuestro.  De ahí en adelante y por fidelidad al Spíritu, los Jesuitas estamos llamados a educar a todos sin distinción alguna,  reconociendo en cada persona su dignidad y en cada país o región  su particularidad y sus culturas.  En el almendrón de la espiritualidad ignaciana está la huella indeleble, la impronta que talla hasta los huesos de la universalidad.  Por eso entre nosotros no es común ni de buen recibo el exclusivismo de cualquier orden que sea.  El desafío que tenemos es formar a nuestros jóvenes en la apertura TOTAL a todos sin excepciones y con el respeto que se merecen.  Nada hay más ajeno al modo nuestro de proceder que los señalamientos, las segregaciones o los estigmas sociales.  Nadie es menos que nadie y aunque económicamente tenga menos o socialmente tengan más, unos y otros necesitan de escolarización y de evangelización sin excepción.  Por eso la Compañía de Jesús ha mantenido la decisión de no reservar su capital educativo solamente para un sector social o para una cultura determinada, sino que ha querido que todo su acumulado educativo se dirija a formar a los diferentes sectores siempre en la perspectiva de los sufridos, de las víctimas y de los más vulnerables.

Un Centro educativo, un Colegio de la Compañía de Jesús, no puede renunciar a la EXCELENCIA

Una nota característica de la formación Ignaciana debe ser la calidad, no solo por sus instalaciones,  que para nuestro caso son muy buenas, sino por los HOMBRES QUE FORMA! Por los nuevos SUJETOS SOCIALES que prepara para asumir los enormes desafíos de esta ciudad y de este país y de cuya capacidad para vivir en comunidad depende el sentido y la razón de ser de nuestro servicio educativo. Una nota característica de esta calidad humana está en su capacidad para asumir y estar en sintonía con la cultura y los problemas de su entorno.  Hombres de fuego grande que enciendan otros fuegos.  Hombres capaces de emigrar del egoísmo natural de todo ser humano y permitir que en el encuentro con los otros sus entrañas se conmuevan y salgan a la acogida al estilo del “Buen Samaritano”, en el compromiso con el hermano.

Enseñanza, formación y evangelización es una triada que le da sustrato y consistencia a nuestra propuesta y que debe ser  priorizada de acuerdo a la situación de cada región o contexto determinado.  No hay que olvidar que el hombre y su entorno van juntos y ambos evangelizan o banalizan la existencia humana.

El centro de esta reflexión sobre la Excelencia está en el lugar que ocupa lo específicamente HUMANO-CRISTIANO.  En el lenguaje Ignaciano todo forma, desde el testimonio y el hábitat, hasta el rigor y la pertinencia de los contenidos académicos, pasando por los procesos y los requerimientos administrativos y financieros, todos son constitutivos en el proceso educativo, obviamente manteniendo las distintas especificidades.


Contribuir a crear las condiciones para que surjan Hombres y Mujeres cimentados en el AMOR

Los alumnos de nuestros colegios, son hombres y mujeres para los demás y con los demás, movidos por el auténtico sentido de alteridad y compromiso evangélico.  Es desde su experiencia gozosa del amor en todas sus manifestaciones tanto aquellas de luz como las de sombras, desde donde se nutre su lucha denodada por la transformación de esta sociedad.  No vale que los animemos a luchar por la justicia si ésta no va inspirada en el mismo amor solidario que nos legó JESÚS.  En nuestro caso los ignacianos nutren su misma fe en las fuentes de la experiencia del amor que viven en la familia, en su colegio y en los escenarios sociales y para-escolares que en algunas ocasiones nosotros mismos les ofrecemos y les facilitamos.

Este es un  principio en el que hay que profundizar permanentemente porque suele quedarse en los papeles y en los discursos y luego resulta siendo el gran ausente de nuestras opciones cotidianas.  Todas las partes constitutivas de la comunidad educativa debemos esforzarnos en hacer visible este valioso principio en el que todos estamos involucrados.  Recordemos lo que nos dice San Ignacio que el amor ha de ponerse más en las obras que en las palabras.  Esta convicción debe estar presente en todo, en los métodos pedagógicos, en los contenidos formativos y en las múltiples actividades relacionales  que componen su vida!


La formación ignaciana debe suscitar hombres y mujeres con sentido de lo PÚBLICO

Es propio de la tarea educativa ignaciana ayudar a formar hombres y mujeres abiertos a su tiempo y al futuro.  Nuestros alumnos no son ni todos ni cada uno de ellos un producto acabado, como tampoco lo es ninguno de nosotros.  Ellos y ellas como nosotros somos seres humanos vivos en constante crecimiento.  Todos ellos siguen estando sometidos al juego de las fuerzas con las que ellos influyen en el mundo y con los que esta sociedad globalizada y mundializada influye en ellos.  Del TESTIMONIO que les brindemos, de la manera como nos vean proceder en la familia, en el colegio, en el aula y en la sociedad, dependerá que en el juego de fuerzas en el que se encuentran sumergidos cotidianamente, mantengan su vivencia de fe y sus opciones personales de servicio.  Pero si por el contrario, viven en una neutral atonía y son absorbidos por la indiferencia o la apatía frente a cualquier propuesta de transformación y cambio,  el individualismo los envolverá,  la comodidad se los tragará y el deseo del dinero fácil hará de ellos presa jugosa para sus apetitos devastadores de apropiación desmedida.  Por eso de nuestros  claustros deben salir hombres y mujeres amigos de bien común, hastiados de esta perversa apoteosis individualista y dispuestos a crecer y valorar los espacios que nos son comunes, que no tienen dueño particular porque son de todos y porque están destinados al disfrute y al goce de la vida compartida.  Nada habremos hecho si nosotros y nuestros alumnos no se dotan de una enorme valoración y fascinación por lo PÚBLICO, por lo que hemos construido con el esfuerzo de todos para el beneficio de TODOS sin excepciones.  Este sentido de lo público les permitirá valorar las diferencias, reconocerse como sujetos de derechos y deberes  y estar dotados de un gran sentido para la acogida y el respeto por la ley.  El ignaciano de hoy no es el que tranza con los “atajos”, ni con los esguinces a la norma para beneficio propio aunque descubra que las fronteras entre lo legal y lo ilegal hoy son profundamente  difusas en esta sociedad.  De ahí la urgencia de la formación ética de nuestros estudiantes que ponga los cimientos morales de la nueva sociedad.

Sólo una fuerza moral encarnada en la grandeza de seres humanos concretos, en ciudadanos de carne y hueso, podrá indicarnos en esta sociedad, lo inadmisible, lo inaudito, aquello que declaramos proscrito porque no corresponde a lo más auténtico de la tradición humana y cristiana pero también nos señala aquello que enaltece el espíritu presente en toda la creación.

Este sentido de lo público nos exige, pues, pensar nuestras obras educativas y toda nuestra presencia apostólica, al servicio de un bien mucho mayor, más grande que ellas y que nosotros mismos.  Por eso el Colegio San Ignacio no se define por él mismo, sino a partir del servicio que debe prestarle a esta sociedad en la que se inscribe, en la que ha sido acogido, y de la que recibe su aliento.   Esta conciencia de saberse al servicio de una sociedad, debe imprimirle un sello característico a toda la acción de formación que brinde el Colegio San Ignacio y que  es fundamentalmente la actitud de estar a la escucha del espíritu en todo lo que hace.  Esta actitud le viene de saberse servidora junto con otros de un bien superior a todos sus esfuerzos.  En la base de la formación ignaciana está la conciencia de ser servidores de la misión de Cristo, sujetos en función de una  misma misión que nos supera y que se ubica en los límites de lo imposible, con la conciencia de que el Spíritu que fecunda la historia lo hace posible.

Que la gratitud se inunde de eternidad

Agradecimientos a Dios por su acción permanente y continua, enclavada en medio del fragor de mis debilidades y mis  fragilidades más genuinas.
Agradecimiento a la Compañía por acogerme en su seno y enseñarme a vivir en la ruta del Spíritu pues a través de las distintas misiones que me ha confiado me moviliza constantemente y me exige obrar como el peregrino, ligero de equipaje con la confianza puesta solo en Dios.
A Leonardo y a mis queridos hermanos y compañeros jesuitas de la comunidad por su apoyo y calidez para acogerme y enseñarme con detalles el amor comunitario.
Gracias a Francisco de Roux, S.J. nuestro Provincial quien con su amistad, cercanía y testimonio me desafía a no guardarme nada para mí y a entregar hasta el último aliento para que en este país a todos les sea reconocida su dignidad.   
A los queridos compañeros apostólicos, hombres y mujeres laicos que conforman la comunidad educativa de este Colegio y quienes con su mística y entrega me llenan de valor y de entereza para asumir este nuevo desafío.
A los amigos muy queridos del centro de Fe y Culturas con quienes comparto la experiencia de saber que el camino realizado hace parte de la meta deseada.
A mi querida y gran familia la que jocosamente llaman la “casa Arango” incluyendo a Gerardo el amigo y tío jesuita, a ellos mi gratitud por saber acompañarme con paciencia en los tiempos de buenas cosechas y en las noches de tiempos sin luna.

Y a todos ustedes amigos y amigas que nos acompañan en esta jornada y que con su oración y amistad hacen visible la presencia de aquel que no nos llama siervos, sino amigos!

A todos en fin, muchas GRACIAS!

A modo de conclusión

Permítanme queridos amigos terminar estas palabras con la misma partitura con la que comencé.

Estoy convencido que nada de lo que aquí hagamos por maravilloso que sea, tendrá consistencia y sostenibilidad, si no se realiza en el nombre del Señor JESÚS a quien seguimos y en quien nos inspiramos.  Solo en la medida en que nos volvamos amantes de la verdad, acogedores de la pluralidad y profundamente arraigados en el amor solidario,  podemos decir que hemos construido “la casa sobre roca”.

M u c h a s    g r a c i a s
HORACIO ARANGO A., S.J.

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